sábado, 21 de octubre de 2006

Una cena con Alena


Asaahh!, Alena!, que se me ha caído una flor en su pecho.
Y que tampoco se ha caído, la muy buscona se revuelca feliz en su lecho.
Busca las raíces de la leche que sabe a todo.
Todo busca volver a lo natural de natural modo.
Su piel, Alena, su piel es del color del sol y del calor de mil lunas compartidas.
Y mi flor se hace ramo y el ramo es ahora una mesa de rosas servidas.
Señora yo imploro, lloro y adoro su codicia por su pecho florecido.
Más no permita que de esta guerra de amores salga alguien herido.
No lo digo por mi yo soy un hombre suertudo.
Y mi alma se hace de bronce y el bronce su mejor escudo.
No hay mal que atraviese esta muralla de acero.
Acero de amor casero que ofrezco humilde y sincero.
Alena, esta noche le hago el amor asi sea lo último que haga.
Esta noche mis dedos marcan, mi labios queman y mi lengua empalaga.
Mujer, Alena, esta noche la hago mujer y usted me hace hombre.
Y yo la hago hombre y usted mujer y nos cambiamos el nombre.
Todo vale, todos juegan, la luna se esconde y el sol la encuentra.
Marcho a su encuentro Alena, y mancho su cuerpo con mi feliz temblor.
Sacudo las ramas con mi aliento y aturdo a la noche con mi clamor.
El viento del este ahora baila un candombe y hace vibrar a las estrellas.
Que me miman, que me abrigan y que me dicen “nuestra hija es ella”.
Es ella, mi Alena, la que baila con la naturaleza, la que me espera en su casa, la que afirmo al firmamento que yo amo con firmeza.
Gracias Señor por la lluvia, por esta cena, y por Alena.

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